domingo, 4 de diciembre de 2011

Muere un comandante de Panzer venezolano (Segunda Guerra Mundial)


MIÉRCOLES, NOVIEMBRE 10, 2010




Dieter Pfeifer, nacido en Ciudad Bolívar y fallecido en Valencia
por: Clemente Balladares
En algunas reuniones a veces se cuela en la conversa el rumor sobre veteranos de guerra conocidos, nazis escondidos en Mérida y alguno que otro venezolano que participó en conflictos del pasado pero cercano siglo XX. A mediados de este año, pasó sin mucha publicidad la muerte del único compatriota que luchó durante toda la Segunda Guerra Mundial, comandando los temidos Panzers del Tercer Reich.
Su nombre era Dieter Pfeifer, nacido en Ciudad Bolívar, hijo de alemanes inmigrantes luego de la debacle de la Gran Guerra y su crisis económica. A orillas del Orinoco era más tremendo que los nacionales. Tanto, que su padre -obstinado de las imprudencias del muchacho- lo envía a un internado en su país de origen. A los 16 años ingresa voluntariamente al ejército y comienza como conductor de tanques. La guerra estalla, en 1939. con la invasión a Polonia en septiembre. Allí manejó su Panzer2, de tres tripulantes, hasta Varsovia. 
Siempre decía que era el primero en la columna invasora. Eso le costó su primera herida de guerra: una bala que logró penetrar el delgado blindaje de esos primeros tanques y le rozó la pantorrilla. Por ello lo ascendieron a comandante de tanques: su uniforme, totalmente negro, adornado por calaveras y otros símbolos nazis en su kepí.
En la primavera de 1940 lo enviaron a Francia, siempre asignado a la 11ava División “Fantasma”, donde hundió con su Panzer3 uno de los botes ingleses en Dunkerque. De retorno en Alemania, partiría a luchar en África del Norte, pero los médicos indicaron que no era apto para el trópico. Él les replicaba: -¡Yo nací en Venezuela!-.
Al contrario, lo enviarían al año siguiente, precedido de un largo entrenamiento, a la Operación Barbarosa en la Unión Soviética, para el verano. Casi 4mil tanques penetraron fácilmente las largas llanuras rusas llenas de girasoles, como bien recordaba. El invierno los detuvo a las puertas de Moscú donde, al saltar de su tanque, se hundió en el metro y medio de nieve. Esto le granjeó las risas de sus compañeros y el apodo de Stepke (pequeño en alemán).
Sólo hasta esos puentes alcanzó la invasión de Hitler: la retirada fue el continuo de cuatro largos años. Grandes masas de rusos los atacaban y en similar medida aparecieron los famosos tanques soviéticos T34 que, a pesar de su fragilidad ante los panzers, si lograban acercarse a menos de 500 metros podían destruir hasta el modelo IV de los germánicos. El 28 de diciembr,e su División destruyó por completo el 24avo cuerpo de tanques soviético.
Nació en Ciudad Bolívar, comandante de blindados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Murió en Valencia a los 87 años
“No sólo era el frío: hasta la comida escaseaba. En una villa robamos unas gallinas y las colocamos amarradas en la parte exterior, atrás del tanque. Al retirarnos y entrar al Panzer para calentarnos alguien nos lanzó una granada. No afectó en nada a nuestro blindado. Al rato, sintiéndonos mas seguros y con hambre, fuimos a rescatar a las aves. No quedaban sino plumas chamuscadas. Allí cayó la granada. Pasamos más hambre, pero nos reímos”
Entrada la primavera de 1942, la nieve se volvió barro y solo hasta el verano el pantano comenzó a secarse. También llegaron algunos suministros y nuevos tanques del modelo IV que, a pesar de ser más lentos, usaban un cañón de 75mm.
“Ya había destruido unos cuantos T34s, cuando una tarde me emboscaron cinco de esos blindados soviéticos. Cerré la escotilla y le indiqué al conductor que diera marcha atrás a unos matorrales. El hombre estaba muy nervioso y me incliné de mi posición superior para darle un cigarro y relajarlo. Inmediatamente sentí la explosión sobre mi espalda. Me quedé sordo y aturdido. Luego sentí ese calor intenso que ardía en mi espalda, con más de diez humeantes pedazos de metal incrustados en mi piel. Tampoco recuerdo cómo me sacaron, pero el artillero estaba partido a la mitad”.

Pfeifer, en su residencia venezolana
Estas y muchas otras anécdotas me narró en los escasos cuatro años que lo conocí en su casa, junto a su bien cuidado vivero de Valencia. Únicamente hablaba sin que uno tomara notas o usara grabadora. Este pequeño venezolano participó en la batalla más grande de tanques, la famosa Kursk, en la localidad ucraniana de Tomarovka en julio de 1943. Regresó como pudo hasta la derrotada Alemania en la primavera de 1945 y un asistente de Patton a quien se rindieron logró orientarlo para que regresara a Venezuela, ya que no era un criminal de guerra sino otro valiente soldado. En su país natal, se casó con otra venezolana-alemana que conoció al final del conflicto, con quien tuvo cuatro hijos. Siempre decía no creer que el hombre aprendía la lección sobre la guerra como la peor forma de resolver diferencias.